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¿Por qué dejaron de existir los ascensoristas?

Desde este blog hemos querido hacer un pequeño homenaje a una de las profesiones que, como tantas otras, se han extinguido de nuestras ciudades a consecuencia de los avances tecnológicos: los ascensoristas.

Antiguamente, nos rodeábamos de una tecnología tan complicada de utilizar, que necesitábamos ser ayudados por profesionales para hacer uso de ella. Hoy en día sería impensable tener que ponernos antes en contacto con una telefonista para poder llamar a un familiar, o necesitar un chófer para poder coger un automóvil. Pues bien, eso mismo nos ocurría cada vez que queríamos coger un ascensor, ya que su mecanismo era tan complejo que requeríamos tener presente la figura de un ascensorista.

 

Imagen de «El Gran Hotel Budapest», donde podemos ver al ascensorista utilizando el reóstato del ascensor.


 

La profesión de ascensorista no era una tarea sencilla. Tenemos que pensar que ese tipo de trabajadores controlaban el funcionamiento del ascensor manualmente, a través de un reóstato en forma de palanca. Este mecanismo se situaba dentro de la cabina y desde él se podía controlar la velocidad, y si éste necesitaba moverse hacia los pisos superiores o inferiores. Otra de sus funciones del ascensorista era abrir y cerrar las puertas manualmente (podemos asegurar que no era una tarea nada cómoda) para permitir el flujo de usuarios y garantizar su seguridad durante todo el trayecto. Pero si había una operación que entrañaba una dificultad mayor dentro del ascensor era la de alinear correctamente, y con una suavidad casi imperceptible, la cabina con los diferentes pisos para posibilitar la entrada y la salida de los pasajeros de forma fiable.

Pero el trabajo de un ascensorista no se limitaba únicamente a que el ascensor funcionase como un reloj suizo. Sus funciones iban mucho más lejos: ¡eran unos increíbles relaciones públicas! Atendían a los pasajeros con amabilidad y les daban toda aquella información que ellos necesitaban. En los edificios de oficinas informaban sobre las empresas, y en qué despacho se encontraban; en las comunidades de vecinos informaban de dónde podían encontrar a una persona en concreto; y en los grandes almacenes daban todo tipo de información sobre dónde se encontraban los diferentes departamentos, y en muchas ocasiones dónde se podía encontrar un producto determinado. Conocían con pelos y señales lo que ocurría en el edificio donde trabajaban. Eran personas discretas que sabían cuál era la gente que entraba y salía del edificio, y que protegía a sus vecinos de visitas extrañas y de poco fiar.

 

En «El Apartamento» Shirley McLane interpretaba a una ascensorista de un edificio de oficinas.


 

Este tipo de trabajadores fueron increíblemente comunes durante la última década del S.XIX y las primeras del S.XX. Pero los avances tecnológicos durante los años 60 y 70, hicieron que se reemplazase la figura del ascensorista por máquinas más modernas y automatizadas, y estos pasaron de moda de forma gradual quedándose miles de ellos sin trabajo. ¿Quién necesita a un ascensorista cuando podemos utilizar solos un ascensor? Actualmente es casi imposible encontrarnos con uno de ellos, a no ser que nos alojemos en ciertos hoteles de mucha categoría (principalmente en Estados Unidos de América), o visitemos como turistas edificios emblemáticos como el Empire State.

Con los años hemos aprendido a conducir, a llamar desde cualquier parte del mundo sin necesidad de intermediarios y a pulsar nosotros mismos la botonera del ascensor. Pero tenemos que pensar que este tipo de profesiones han sido una parte muy importante de nuestra historia. En lo que a nuestro gremio se refiere, personas como los ascensoristas han allanado el camino para avanzar en la tecnología de los ascensores que utilizamos hoy en día.

Autor: Inelsa-Zener

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