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Los ascensores y la sensación de compartir espacio con gente que no conoces

La gran mayoría de nosotros, utilizamos el ascensor varias veces al día, sin pararnos a pensar que, la manera que tenemos de comportarnos dentro de él, dice mucho de nuestra forma de ser.

¿Cómo procedemos cuando nos metemos en un lugar tan pequeño? Independientemente de la cantidad de gente que haya dentro de él, lo primero que hacemos es pulsar el botón que nos llevará a la planta a la queremos acceder. Es justo después de este acto, cuando nuestra manera de proceder es diferente, en función de si tenermos la fortuna de poder usarlo solos, o por el contrario nos hemos encontrado con compañía, ya que no hay lugar donde sea más incómodo adentrarnos, que dentro de un ascensor en el que ya hayan ocupantes.

 

 

Uno de los estudios sociológicos más interesantes que hay, y que está en la mano de todos, es observar el comportamiento de los pasajeros de unos grandes almacenes. Haz la prueba: coje uno de sus ascensores, y dedícate a subir y bajar un par o tres de veces. Si lo haces, te darás cuenta como los pasajeros parece que, por puro instinto, saben cómo organizarse dentro de de él. Con cada persona que entra, los demás ocupantes se van desplazando, a la vez que se quedan encarados hacia la puerta de salida, mientras van ocupando los espacios que aún quedan vacíos. El objetivo de dicho desplazamiento, no es otro que mantener la distancia máxima para no sentir que están invadiendo tu propio espacio vital, o que eres tú el que invades el espacio vital del otro.

Tal y como van entrando más personas dentro de la cabina, los ocupantes se van recolocando una y otra vez, mientras se saludan de forma protocolaria, con un “buenos días” o “buenas tardes” en función de la hora del día que sea.

Dos ocupantes que no se conocen de nada, acostumbran a colocarse cada uno en un extremo del habitáculo. Al entrar una tercera persona, se formará seguramente y de manera inconsciente, un triángulo entre ellos, variando su posición al introducirse una cuarta. Lo más curioso de todo esto es que, aunque ese ascensor lo utilicemos a diario, actuamos casi siempre como si fuese un lugar desconocido: evitamos el contacto visual, o miramos y remiramos nuestro teléfono móvil. Y… ¿cuál es nuestro único pensamiento?: “a ver cuándo salgo de aquí”.

 

 

Pero la incomodidad de ese momento no radica únicamente en el hecho de estar en un espacio pequeño y cerrado, repleto de individuos a los que nunca les hemos visto la cara. El subir en un ascensor es, para muchos, algo que está fuera de nuestro control. La gran mayoría de la humanidad no sabe ni cómo funciona, ni el aspecto que tiene por dentro, y eso nos crea una cierta ansiedad, a pesar que sea mucho más seguro viajar en él que irnos de vacaciones con nuestro coche, o subir un par de plantas del supermercado usando escaleras mecánicas.

Sabiendo todo esto, anímate: métete en un ascensor y observa cómo se comporta la gente. ¿Y tú? ¿Qué haces cuándo viajas en uno de ellos?

Autor: Inelsa-Zener

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